Amo dormir.
No, esto no tiene que ver con que siempre tenga sueño o con mi estado de vagancia, aunque podría.
Tiene más que ver con el hecho de que dormida no pienso, sueño.
Y cuando sueño es otro mundo, es mi mundo.
Es un mundo en el cualquier cosa puede pasar, cualquier cosa que deseé e imagine, pero así y todo no lo controlo.
Es como si una gran mano te tomara como a un juguete y te pusiera dentro de una caja y empezara a hacer lo que quisiera con vos. Te tira cosas, te pone obstáculos, te hace hacer cosas que jamás pensarías hacer por tu cuenta. A veces, hasta te hace conocer gente nueva que nunca habías visto, o te trae a alguien de tu pasado que hacía tiempo no recordabas. Lo más divertido, es cuando mete gente que ves todos los días y las distorsiona de formas increíbles e inimaginables, volviéndolas seres completamente diferentes y aún así, reales.
Cierro los ojos y empiezo a soñar despierta y poco a poco la realidad se va apagando... y apagando... y apagando... y de repente ya no existe.
Desapareció, y estoy sola en un lugar desconocido, sin saber cómo ni por qué llegué ahí ¡y no me importa! ¡No me importa porque es perfecto! ¡Porque estoy soñando!
No tengo miedo de morir en el sueño, no temo que se transforme en una pesadilla; una vez que sueño solo hay una cosa que me aterroriza: despertarme.
Es inevitable, lo haga el despertador, lo haga el Sol, algún ruido en la calle o simplemente mi cuerpo quejándose porque necesita ir al baño o tiene hambre. Despertar es inevitable.
Y entonces, lo terrible de soñar es que, tarde o temprano, la realidad te obliga a volver.
Y no hay realidad tan perfecta como mis sueños.
Y entonces, lo terrible de soñar es que, tarde o temprano, la realidad te obliga a volver.
Y no hay realidad tan perfecta como mis sueños.
0 comentarios:
Post a Comment