Siempre escucho el tren.
No importa dónde esté, siempre escucho el tren.
A veces está cerca y es algo normal, pero otras veces nadie escucha el tren excepto yo. Y no, no es algún tipo de alucinación ni nada por el estilo, aunque más de uno lo crea así. El tren pasa y yo lo escucho pese a que esté un poco lejos de mi alcance.
Nunca supe a qué se debe este fenómeno de mi cabeza pero siempre desarrollé muchas teorías. La principal y más lógica dice que es el escape de mi cerebro. Son todas las películas, todos los libros que leí donde el tren se convierte en el escape de alguien hacia su vida utópica. El tren, con su quejido inconfundible mientras notifica su paso. El tren, con sus ruedas sobre las vías, alejándose, arrastrándose por ese camino sin volver la cabeza atrás. Ese es el tren que suena dentro mío regularmente.
Aparece de día, en la mañana, cuando estoy atrapada en un bullicio continuo e inútil del cual no puedo extraer nada. O de madrugada, cuando el sueño empieza a volverse melancólico y el cuerpo lucha contra una tristeza que amenaza inevitable. Resuena dentro de mi cabeza ese sonido esperanzador y me abre esa salida para escaparme a dónde desee. Sin límites, sin problemas, sin recuerdos, sin nada atando mis pies ni mis manos, sin nada pesando sobre mis hombros en el camino. Abre esa puerta a mi utopía, aunque mi ser reconozca que si algún día tomo ese tren, probablemente lo que encuentre sea una vida completamente diferente a la de mi mente. Eso es lo lindo de que el tren suene como imaginario en mi cabeza, ya que si fuera real no sería perfecto y el escape que me presenta también dejaría de serlo.
En fin, es hermoso sentir y saber que mi mente tiene ese refugio, ese lugar seguro, ese escape en caso de derrumbe.
Siempre escucho el tren, no por algún tipo de alucinación, no porque me guste viajar en él, no por motivos reales, sino porque es el escape automático, imaginario e involuntario de mi mente.
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